Crónica de Ana Montrosis sobre el taller
Visitando la penitenciaria Femenina de Rancagua, el 3 de octubre 2009
Al llegar al recinto aprecié que el lugar era descomunal, inalterable, desconfiado como el primer gendarme que nos recibió. Ingrese con la mirada vertical, con una mirada que no podía detenerse entre la reja y los ojos curiosos de aquellas mujeres. Carolina, la encargada del proyecto se movía como si estuviera en su terreno, ella tenía la experiencia y la disposición, solo le preocupaba que las internas de ambos sectores entraran de inmediato a clase.
Se abrió primero una de las rejillas, salió un grupo que ni siquiera alcancé a observar cuando de pronto me rodearon como si fuéramos amiga de toda la vida, eso me hizo sentir particular, luego el otro grupo también se integró sin más demora.
Nos deslizamos por un estrecho pasillo, con mallas de alambre, bajamos una escalera pequeña hasta llegar a la sala que tenía las sillas ubicadas en forma circular. Recuerdo una pizarra, una mesa, y unas ventanas por donde no se veía absolutamente nada. Todo aparentemente en su lugar, me senté al medio para tener la visual de la situación, uno de los talleristas nos sirvió café. Hasta ese momento todavía me sentía extraña, intente de inmediato integrarme, las observaba sin que se percataran de mis interrogantes. Creo que de algún modo logré que ellas me regalaran una sonrisa, una palabra, su confianza, como diciendo “Somos iguales Ana, solo que un error nos encerró en este mundo y ahora vienes a ayudarnos a salir”-.

Hacer un taller las ayuda a brotar más luego de este infierno, así lo decían sus ojitos maquillados, los gestos, el cigarrillo trasnochado en la boca, y las caritas de fiesta porque para ellas esto era una verdadera fiesta, donde las palabras nos invitaban a leer y a dar una breve opinión acerca del poema de cada compañera.
Grande fue mi sorpresa al observar a una de las internas. El sonido armónico de la voz de Marcela decía que había un mundo que necesitaba desesperadamente expresarse, así como su pelo rizado, su postura juvenil y la belleza del poema.
Luego de oír detenidamente a cada una de ellas, me tocó leer algunos textos, se formó entonces un ambiente de complicidad, pues parte de mi trabajo tiene como temática el maltrato entre mujeres, en aquel momento nos unimos en un mismo lenguaje, con las mismas señales. Lo más impresionante de este taller fue el diálogo que se estableció en aquella sala, la comprensión de los textos nos permitió convivir toda esa tarde y aprendí por sobre todas las cosas, que la poesía puede ser examinada desde varias miradas, como lo es en este caso desde una cárcel y que nos traslada inevitablemente a distintos imaginarios, pero que en algún punto nos une, así como nos une “la desnudez del alma”.
La lectura y la escritura se topa con el artista que todos llevamos dentro, con ese espíritu que necesita volar para no ahogarse, con un espíritu que encuentra en la poesía su propia naturaleza, la sombra.
Ana Montrosis
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