Crónica de Roxana Miranda Rupailaf sobre el taller
Impresiones “A la Sombra”
A propósito de la visita a la cárcel de Rancagua (10 de Octubre 2009)
La cárcel de Rancagua fue para mí el descubrimiento de mujeres que se parecen a mi madre, que se parecen a mis amigas, que se parecen a la gente con la que en libertad converso, lloro y río.
Muy dedicadas al taller de escritura y muy curiosas de mi persona, las chicas leen primero sus poemas, yo las estudio. Algunas (que tienen nombres de actrices mexicanas) se ven más inquietas y risueñas. Otras, son igual de tímidas que yo frente a lo desconocido. Una, hay que es como un mar fecundo dando peces a montón. Y escribe, escribe. Y lee y lee.
Muy queribles todas. Imitan mi forma de leer después de mostrarles mi trabajo. Me asocian a Marcela, intuyen la herida, como yo intuyo el fondo de sus vasos oscuros. El encierro, la distancia, el nido solo que cuelga de algún árbol allá afuera donde el sol consume lentamente los cuerpos amados.
La escritura aquí se transforma en re-encuentro, en abrazo. Se cruzan las líneas, se rompen los barrotes. Ellas traen a sus versos al amado, al ex, a los hijos, los amigos. No están solas. Todos ellos transitan en los pasillos de la cárcel. Los cargan ellas, en sus cuadernos de poemas. Los estrechan en sus brazos cada vez que dan lectura a sus letras. Quieren hacerlo bien, se esfuerzan, preguntan, escriben. La escritura es medicinal, las afligidas sabemos de eso. De esa agua secreta que se esconde en las sábanas donde solo el recuerdo abriga al cuerpo. La escritura es medicinal. Y ahora me voy, ahora termino, las chicas quedan en su taller y están aquí en estas letras, este papel, este recuerdo. Se van conmigo y quedo yo también. Me dejo un poco. Gracias por la sonrisa. Gracias a quienes hacen posible este proyecto.
R.M.R
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