Crónica Felipe Moncada. Taller de Edición, Primer Taller.
Primer Taller


Llevé mi colección de plaquetas, o bien se podría decir de publicaciones precarias, en el sentido industrial de la palabra.
Nos sentamos en círculo, pues unas cuadrillas andan fumigando las salas de clases, para las termitas, los chinches, el mal de ojo. Ocupamos un patio de cemento donde gentilmente el sol y la brisa marina daban un aire de sindicato portuario. Al lado, los galpones con los talleres de estructuras metálicas, mueblería, tallado en madera. Una reja nos separa de un pasillo por donde van los internos a las visitas, con banquitas de madera, con frazadas, con artesanías hechas por ellos, quizás alguna cartita en los bolsillos, para el hijo, la esposa, la vieja.
Las publicaciones empiezan a circular de mano en mano, les voy explicando desde la más precaria, una hoja doblada en cuatro partes, recalcando que el objetivo de este tipo de publicaciones es la circulación, el valor único de cada uno, el gesto artesanal, su efecto comunicacional, el ser soporte de otro decir, al estilo de los planfetos, los fanzines, el grafitti. Comienza el vocero Gino con las preguntas, ¿cómo se dividen las ganancias el poeta con el editor, si este modifica la obra?, le explico que las ganancias no pertenecen al mundo de lo poético, estamos en una dimensión simbólica, los libros son de materia, pero casi no.
Un muchacho moreno me cuenta que tiene su abuela en el sur, que cuando la iba a ver, le gustaba subir al cerro y fumarse un pitito en la cumbre, ver el otro tiempo, transcurrir de otra manera. A mi también, le cuento, las cosas ocurren de otra manera, eso es lo que captura la poesía, con esa extraña cámara que es el pensamiento, la escritura. Le gustaría viajar al sur cuando salga.
Les pido que vean las publicaciones y piensen en como se pueden hacer, Gino asoma de ideas industriosas, dice: podríamos hacer un taller, encuadernar los libros, nos podrían encargar trabajos, hacer proyectos, pedir un computador, se acerca Vladimir que estudió en la Escuela Nacional de Artes Gráficas, que imprimió en piedra litográfica, las portadas se pueden hacer en serigrafía, el entusiasmo sube, pero pienso que aquello debe decantar, depurar, como esos poemas escritos en la emoción, y que al otro día se encuentran llenos de arrebatos y lugares comunes.
Juan tiene 15 años por robo con violencia, le gusta describir paisajes con palabras nuevas, ajenas al coa, conversamos que en el lunfardo también se han hecho poemas, que la poesía es independiente de la lengua, pero prefiere no usar esas palabras. En un poema, hace hablar a un espantapájaros con una campesina, improvisa unos versos sobre el incendio de la Cárcel de San Miguel, piensa escribir sobre las mujeres que se maquillan, sobre la belleza, piensa que robar solo quita cosas materiales, que lo importante es el espíritu, que es mejor que violar o matar, pues el que lo hace queda con un daño adentro. Le comento que es bueno escribir los temas de los poemas y desarrollarlos cuando tenga ganas, debería aplicarlo a mí mismo, al poema de la gaviota, parada en una punta de la torre penal, el de las ropas que cuelgan de las ventanas, o los tiburones: trapos y bolsas en los alambres de púas.
Vuelven las plaquetas de la circulación, menos de las que salieron, no importa, es curioso como puede aumentar su valor un papel con palabras dichas en la soledad.
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